Humberto Andrade Quezada
handrade83@hotmail.com

Dedicado a Don Francisco Godínez Serratos

Cualquier regalo que se da tiene un significado especial, no se diga en las relaciones de jefes de estado regidas por protocolos precisos, en las que los colores, las envolturas y los contenidos expresan algún mensaje o sentimiento.

Aun desconociendo el contexto del encuentro celebrado en el Vaticano entre el Papa Francisco I y Donald Trump, vale la pena reparar en el intercambio de regalos realizado entre estas dos figuras mundiales.

La interpretación del evento es sumamente interesante, el Papa entregó una medalla que simboliza la paz, y su encíclica Laudato si, un tratado eminentemente ambientalista, en la que habla del cuidado de nuestro planeta la Tierra, a la que se refiere como nuestra casa, el lugar que nos tocó para vivir e integrarnos; un documento que vale la pena leer, una aportación con un enfoque humanista, no de contenido de doctrina de la Iglesia, ni de predominio sobre el entorno, sino de compromiso para cuidar el medio ambiente.

Por parte de Trump, el Papa recibió la colección de libros de Martin Luther King, una de las figuras más relevantes en la construcción democrática del mundo actual, un luchador social que combatió la desigualdad de la sociedad por aspectos raciales y de credo, un hombre que fue entre otros, la bandera y el impulsor de los derechos humanos y sociales de los afroamericanos, una figura que está a la altura de Nelson Mandela.

Luther King protestó además contra la guerra de Vietnam y la pobreza en general, pero para enmarcar su lucha con referencia cronológica, vale la pena decir lo que ocurría apenas hace pocos años en los Estados Unidos, donde los negros no podían ir a las mismas escuelas que los blancos, no podían usar los mismos transportes escolares, ocupar barrios mixtos, entrar a restaurantes y cabarets para blancos, claro, excepto para tocar jazz, y no tenían derechos jurídicos y civiles en plenitud de goce comparado con los caucásicos.

Y resulta paradójico que nos remitamos a los años sesentas como un asunto lejano, en un tema vigente hoy en día; y resulta dramático que un presidente que desde su campaña enarboló temas discriminatorios, de supremacía racial y de dominio militar, lleve libros de un integracionista como regalo, a un predicador de la Paz.

Pero extrapolando, el problema no lo tenemos en el pasado, en un sólo líder, ni en una sóla nación, sucede a diario en muchos rincones del mundo, incluyendo nuestro país, con una gran falta de atención en los temas de injusticia y desigualdad.

Por eso, hoy que el odio aflora como hiedra amenazante contra los valores del pensamiento y la igualdad, que brota de la manera más espantosa en atropellos de civiles, en freno a los derechos de las mujeres, en matanzas crueles dentro de iglesias simplemente por practicar una religión diferente, en bombazos que masacran personas inocentes en medio de un concierto en Manchester; y en todas las expresiones que representan el atropello, la corrupción y el alejamiento del bien común, más que un presente para camuflarse, el regalo de Trump debiera significar mucho más: la vigencia de la lucha de Martin Luther King contra esa corriente de radicalismos y exclusiones que toma fuerza en el mundo.

Se antoja que el Presidente hubiera leído los libros al menos en el avión y que el Papa le hubiera preguntado si disfrutó su lectura, aunque lo más seguro es que ni los abrió. Se antoja que los hubiera hojeado siquiera para encontrarles algo de valor, porque la verdad, no sabemos si sea disonancia cognoscitiva, falta de cuidado protocolario o de congruencia, pero lo que es real, es el descuido y desparpajo del líder de un gran país, en los mensajes que manda, en la actitud que adopta en las relaciones internacionales y en su trato a las minorías.

En definitiva, no cuadra el regalo, no embonan las piezas en el discurso y en el día a día del Presidente obsequioso. Sinceramente no creo que Martín Luther King se hubiera sentido complacido del gesto.