Humberto Andrade Quezada

Viajar en este país hace algunos años era una verdadera aventura, no había autopistas, debíamos cruzar una cantidad enorme de pueblos con sus calles en mal estado, sus baches y su calma cotidiana, transitar carreteras con dos carriles ida y vuelta, con rebases complicados, camiones delante de uno, que en cuestas o zonas montañosas significaban mucha paciencia, mucho tiempo y la pregunta repetida a mis papás de cuánto falta para llegar.

Cuando viajábamos a las playas de Nayarit, después de varias horas de trayecto, nos sorprendía encontrar de pronto un paisaje extrañísimo, -como escena de otro planeta- una gran extensión de piedras negras porosas, piedras volcánicas que suplantaban de manera repentina los pastos, los árboles, los llanos y quebradas, era la zona del Ceboruco, volcán que entró en erupción en el año 1870 y que por el derrame de lava cubrió toda la vegetación de un área cercana a Ixtlán Del Río; lugar que ahora, con el paso del tiempo, fertilizado por la propia ceniza volcánica, se ha recuperado, brotando la maleza y la vegetación, cambiando el negro por múltiples tonos naturales de verdes. Un evento maravilloso que me permite ahora narrar algunos recuerdos de infancia, y que además, demuestra lo afortunado que sucede cuando dejamos a la naturaleza seguir su curso, sin la intervención del hombre.

Es innegable que hemos venido generando cambios que alteran el medio ambiente y que impiden al planeta volver a su punto de equilibrio; basta revisar los lugares en que nos asentamos, las ciudades y los desarrollos para apreciar que rompemos con el entorno natural, que provocamos el predominio del hacinamiento, el asfalto, la promiscuidad, la suciedad, la suplantación del paisaje natural y la ausencia de árboles y jardines.

El hombre no respeta los ciclos biológicos, es el mayor depredador en la historia del planeta, está demostrado que conforme el homo Sapiens se fue desplazando y asentando en los diferentes continentes, se fueron extinguiendo una gran diversidad de especies y de grandes mamíferos que poblaban esos territorios; datos aterradores sobran, pero basta decir que seguramente nuestros niños serán la última generación que verán animales salvajes en su hábitat natural.

Se prevé que los rinocerontes se extinguirán en pocos años, de igual manera que los leones, los orangutanes, los osos blancos, los tigres de bengala y miles de especies más que poblaron por millones de años el planeta. Todos estuvieron aquí antes que nosotros y los hemos obligado a desaparecer; y si vamos a los océanos, el panorama es alarmante y dramático, hasta que llegue el momento en que tengamos mares vacíos, sin vida.

Pero los argumentos científicos y las evidencias que se puedan encontrar en estudios de especies desaparecidas, de grandes glaciaciones, aumentos en los niveles de los océanos, reducción de los casquetes polares y muchos más, no importan, porque al final las determinaciones tomadas a nivel internacional en las grandes cumbres, en los códigos de conducta, como esta semana en qué Estados Unidos anunció su retiro del Acuerdo de París, terminan acotadas por decisiones económicas y ceguera de los gobiernos, como es el caso de Trump, que aplazan el cuidado ambiental y no frenan el impacto negativo de la actividad humana.

La falta de compromisos nos afecta a todos, el calentamiento global es un hecho incontrovertible, aunque su origen se vea envuelto en una polémica que da tiempo a las potencias mundiales para hacer crecer sus economías a costa de la salud de nuestro planeta; una polémica que enfrenta dos teorías que establecen por un lado el incremento de la temperatura como producto de la actividad humana al generar aumentos en las concentraciones de gases de efecto invernadero, especialmente CO2 y metano, y por el otro, la afirmación de ciclos climáticos que se producen de manera natural cada determinado tiempo en la vida de nuestro planeta.

La ceguera de los gobernantes y la irresponsabilidad colectiva en el descuido de nuestro entorno, es lo que nos lleva a tener un futuro catastrófico. No hay proyecto económico y social posible, sin viabilidad ambiental.

Los costos año tras año son altísimos, por lo cual no sólo habrá que reprobar la decisión de Trump, su actitud y desdén del cuidado de nuestra casa la Tierra, sino replantear el desarrollo de nuestras ciudades y nuestra relación con la tierra, el agua y el aire.

Que la desolación y la aridez contemplada como un fenómeno maravilloso de la fuerza de un volcán, no se convierta en una constante provocada por la soberbia enorme y la condición de pequeñez del hombre.