Humberto Andrade Quezada
handrade83@hotmail.com

Los resultados electorales en Coahuila y el Estado de México vuelven a poner sobre la mesa la segunda vuelta electoral y los gobiernos de coalición, el porcentaje de votos tan cerrado entre los candidatos punteros, con diferencias porcentuales tan pequeñas, así lo requiere.

Aunque, si bien es cierto que los gobiernos deben legitimarse por su actuación, por sus resultados y el respeto a lo que la ley les señala, también resulta de inicio un tema de gobernabilidad; no es fácil que los gobiernos se validen con un respaldo tan minoritario de los ciudadanos que dificulta liderar iniciativas para beneficio colectivo.

Con mucha frecuencia en los municipios que visito me cuestionan sobre el tema, yo respondo que coaligarse con otros partidos, no significa renunciar a principios de doctrina, ni abdicar a las convicciones y menos que nuestros eventuales aliados lo hagan. El punto central es compartir proyectos de nación y plataformas con temas donde el respeto a la visión política del otro sea la ruta para una transición democrática de gran calado.

No se trata de mezclar el agua con el aceite, sino de hacer un ejercicio democrático con adopción de proyectos valiosos que puedan plantearse para fortalecer un plan programático de gobierno, esto ocurre en todas las democracias avanzadas del mundo y lleva implícito pesos y contrapesos.

Los gobiernos de coalición y la segunda vuelta, pese a que esta no está legislada, abren una ruta de fortalecimiento y de certeza frente a los conflictos postelectorales que han puesto en grave riesgo la gobernabilidad, la estabilidad económica y la paz social.

Frente a un escenario electoral que se vislumbra áspero y en el que se prevé una fragmentación del voto sin precedentes, cobra fuerza la opción de formar esta alternativa de gobierno, pues no sólo garantizaría una mayoría en el Congreso al próximo presidente, sino que además le daría gobernabilidad y legitimidad a su mandato.

La segunda vuelta, consiste en la posibilidad de que el proceso electoral se realice en dos etapas o “vueltas”, en caso de que ningún candidato hubiese obtenido un porcentaje predeterminado de votos en la primera ronda; y fue usada por primera vez en Francia desde mediados del siglo XIX, sin embargo, al día de hoy nuestro país sigue siendo una de las pocas naciones en el mundo que no la utilizan en la elección de sus gobernantes.

En América Latina, Costa Rica fue el primer país en adoptar la segunda vuelta, mientras que en las dos últimas décadas del siglo XX la adoptaron también Argentina, Brasil, Chile, Colombia, Ecuador, El Salvador, Guatemala, Haití, Nicaragua, Perú, República Dominicana y Uruguay.

En México, desde 1998 el PAN propuso por primera vez una reforma al artículo 18 constitucional para establecer un régimen de segunda vuelta en la elección presidencial. Desde entonces se han presentado por lo menos 14 iniciativas más sin que hayan fructificado, en la mayoría de los casos por oposición del PRI.

Las victorias se relativizan cada vez más con un respaldo ciudadano tan bajo, los costos se incrementan en la relación de votos obtenidos contra gasto de elección, los gobiernos resultan poco legitimados y con una gobernanza complicada. Para enmarcar lo dicho, en los dos estados de nuestro país, -citados líneas arriba-, los que se declararon ganadores, apenas obtuvieron 3 de cada diez votos de los electores que salieron a votar, sin tomar en cuenta la abstención.

A todas luces parece necesario replantearlo, es un sistema que debería caber en México, sin que signifique la solución a los problemas que tenemos, pero que viene a traer certezas. Porque en un país con tantas diferencias, vendría muy bien construir grandes acuerdos, revalorar la palabra.

La segunda vuelta debe aprobarse para agregar una vía democrática, sin olvidar lo ya mencionado: los gobiernos se validan por su actuación y confiabilidad, y las elecciones tienen valor cuando se da el voto libre de los ciudadanos, esto no tiene más vueltas.